22-10-2025
Cuando la gente entra en el almacén de la Casa-Museo de l’Hort dels Pontos, una de las cosas que más les llama la atención es la bicicleta. Engalanada con las mejores cestas, a los pies del carro, descansa apoyada contra la pared, la que algunos han bautizado como la Harley de la época, con una sonrisa de oreja a oreja. No sorprende esta afirmación, ya que otros/as muchos/as visitantes cuentan, entre risas, cómo un medio de transporte se convirtió en el recuerdo de juventud tan valioso de muchos y muchas, alegando que: “¡Madre mía, a cuántas novias habré llevado en una bici como esa!”.
Era, en efecto, uno de los medios de transporte más usados, tanto era así que, además de contar con su propio número de matrícula -como en la actualidad los papeles del automóvil-, el dueño o dueña de este bólido de dos ruedas debía de guardar el recibo de compra para acreditar ante los agentes que no se trataba de una bicicleta robada. En algunos manillares se han encontrado incluso recibos en muy buen estado de conservación, convirtiendo sus cilindros en una perfecta máquina del tiempo.
Y es que tras esos sencillos tubos de metal se esconde la historia de una de las marcas más emblemáticas del ciclismo vasco: Orbea. Esta empresa se fundó en 1840 en Eibar, pero lejos de montar bicicletas, la actividad de la empresa estaba centrada en la fabricación de armas. El apogeo de las guerras a principios del siglo XX supuso una época de auge económico para la empresa, que exportaba al extranjero e incluso amplió el negocio a la fabricación de cartuchos de pólvora, abriendo sucursales hasta en América del Sur, en la capital argentina, Buenos Aires.
Tras la firma del tratado de Versalles en 1919 que ponía fin a la I Guerra Mundial, como era de esperar, las ventas bajaron estrepitosamente. Así pues, parte de esta empresa familiar decidió reinventarse, dedicándose en exclusiva a los cartuchos, Hijos de Orbea. Por la otra parte, los que decidieron mantenerse en el negocio de las armas recuperaron el nombre original de la empresa, Orbea Hermanos, e introdujeron en su catálogo maquinaria pesada.
Paulatinamente, Orbea Hermanos abandonó el irregular mercado de las armas centrándose en la fabricación de máquinas y herramientas, e incluso se atrevió a experimentar con nuevos mercados, como el de las bicicletas. Por su parte, Hijos de Orbea fue absorbida por la Unión Española de Explosivos.
En 1930 Orbea y Cía. S.A., con un nuevo nombre y totalmente renovada, se sumerge por completo en el mundo del ciclismo, llegando a patrocinar en sus inicios incluso al navarro Mariano Cañardo, quien acabó ganando una etapa en el Tour de Francia.
Hoy, aquella bicicleta que reposa en nuestro almacén nos recuerda no solo los paseos y anécdotas de juventud, sino también la capacidad de Orbea para reinventarse y convertirse en un símbolo del ciclismo
Autora: Ana Campos, técnica del Museo Escolar de Puçol (Hort de Pontos).