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La primera infancia a través de las colecciones de Puçol

04-03-2026


La primera infancia a través de las colecciones de Puçol

Puedes leer este y otros artículos de investigación en la revista El Setiet nº 27, accesible y gratuita en nuestra web (sección Publicaciones).


No hay mejor momento para escribir este artículo, incorporados ambos desde hace relativamente poco de nuestros respectivos permisos de maternidad y paternidad. Sentimos, pues, un apego muy reciente -y muy fuerte- por el tipo de colecciones sobre el que escribimos a continuación, vinculado al cuidado y a la alimentación del bebé.


Ropa, juguetes, mobiliario… podríamos dedicar una publicación íntegra, tipo catálogo, únicamente con el objetivo de mostrar e investigar los fondos que conservamos en el Museo Escolar de Puçol relacionados con esta temática. Cientos de piezas nos hablan sobre cómo era esta primera infancia entre los niños y las niñas del pasado siglo XX.


Algunas de las numerosas costumbres que se practicaban continúan vigentes, mientras otras han caído en desuso tras ser desmentidas, años después, por la medicina (aunque, aún en la actualidad, muchas personas sigan aferradas a aquellas prácticas). Queremos, por lo tanto, pasar por encima de esta etapa vital tan importante a través de algunas piezas emblemáticas expuestas y/o conservadas en Puçol; y aprovechar para hablar de ciertas prácticas rebatidas por la ciencia[1].


El pañal


Seguro que muchas madres, ya abuelas o bisabuelas, han comentado delante de ti lo maravillosos que son los pañales que tenemos en la actualidad, de un solo uso. Dado que los materiales utilizados hoy para confeccionarlos no existían entonces, el pañal del pasado siglo se elaboraba a partir de lino, franela o algodón; era, por tanto, lavable y reutilizable. De ahí el comentario de esas madres, que se pasaban el día lavando a mano los pañales de sus hijos e hijas.


Fue a partir de la incorporación de la mujer al mundo laboral -más o menos, en los años cuarenta- cuando esta dejó de tener tiempo para lavar los pañales; por aquel momento, a raíz de la escasez de algodón por la Guerra Mundial, comenzaron a salir al mercado los de un solo uso (elaborados con plásticos); aunque no sería hasta los setenta u ochenta cuando los precios de estos fuesen asequibles a todo tipo de públicos.


El pañal era muy sencillo, un simple trozo de tela de los materiales ya comentados. El cierre podía ser de botones o lazos; en algunos casos, incluso, se sujetaban con un imperdible, puesto que tan solo se trataba de un pedazo de algodón doblado con forma rectangular. A algunos se les incluía alguna puntilla final como adorno.


Muchas familias han vuelto a los orígenes del pañal, a utilizar lavables y reutilizables, puesto que no tienen tanto impacto medioambiental y son, además, más naturales.


En el museo, entre nuestros fondos textiles, contamos con decenas de este tipo de pañales reutilizables, aparentemente sin estrenar…


Por cierto, ¿sabías que hoy en día los polvos de talco están desaconsejados? También en el museo conservamos muestras de esta reliquia. Hablando de reliquias: nos viene a la cabeza esa costumbre -aún hoy bastante arraigada- de la ramita de geranio para el estreñimiento…


El biberón y la leche en polvo


Cuando una madre no podía alimentar con el pecho a su bebé (porque no, señoras y señores, ni comer frutos secos ni levadura de cerveza ni ningún otro alimento aumenta la producción de leche), las dos opciones más rápidas eran buscar una nodriza o diluir leche de vaca o cabra en agua y ponerle azúcar. La lactancia artificial, por tanto, siempre ha existido y más a raíz de que las farmacéuticas sacasen al mercado la leche en polvo. La incorporación de la mujer al mundo laboral hacía -y hace- más difícil la alimentación del bebé con leche materna exclusiva, de ahí la popularidad de esta opción, la facilidad de compaginarla con el trabajo y la salida de casa, la venta de “libertad” a la mujer; además, se comercializaba bajo lemas como “el alimento ideal para el bebé”. El hecho de vender esa ventaja a las madres trabajadoras y la presión de la industria con el pretexto de una “mejor nutrición”, hizo que disminuyera radicalmente la promoción de la lactancia materna, de manera que la lactancia artificial fue el método de alimentación preferido durante muchos años.


En los ultramarinos de Puçol exponemos varios tarros de esta leche en polvo, la mayoría pertenecientes a Nestlé (Henri Nestlé en sus orígenes), marca que perfeccionó el proceso para obtener la leche en polvo (compuesta de leche de vaca, harina de trigo y azúcar) y la distribuyó por todo el mundo, para niños y niñas que no se podían alimentar con leche materna o que no podían ser amamantados. Fue en 1905 cuando abrió su primera fábrica en España, en La Penilla (Cantabria), año también en el que Nestlé y Anglo Swiss Condensed Milk Company se fusionaron. La Harina Lacteada Nestlé no solo se vendía como alimento para niños, sino también para convalecientes, ancianos y madres jóvenes. En el museo contamos con uno de estos recipientes sin estrenar, con el papel original que envuelve la lata.


Pelargón o leche entera acidificada para lactantes fue la más conocida, la que marcó a toda una generación: la generación Pelargón. La mortalidad infantil en España era altísima, así que cuando esta fórmula llegó al mercado en 1944, las madres con problemas para dar el pecho o con hijos/as prematuros/as, recibieron esta leche con los brazos abiertos.


El sacaleches


Pese a que las madres lactantes siempre han tenido la necesidad de extraerse leche materna -por distintas razones-, el sacaleches como tal es un invento relativamente moderno, de mediados del siglo XIX. Aquellos primeros sacaleches se fabricaban en estaño, cobre, latón, plomo… y se asemejaba a una jeringa, a la que se le incorporaba un mecanismo de succión. Más que un sacaleches como conocemos hoy era un “descongestionador”, es decir, que servía para aliviar la congestión mamaria en los casos en los que la madre no podía amamantar y no tanto para la extracción de leche para su posterior uso.


El rendimiento y la eficacia de estos primeros sacaleches eran mínimos frente a la dificultad de uso, el esfuerzo y la incomodidad, pero este invento marcó las bases de una revolución: el uso de la mecanización a favor de la atención materna, para extraer leche o para mantener su producción.


El extractor de leche manual que conservamos en el museo lo situamos en la primera mitad del siglo XX y está compuesto por dos partes claramente diferenciadas: la parte de cristal que se adhiere al pecho y que incorpora un pequeño depósito redondo en su parte baja, donde se deposita la leche; y la propia bomba de plástico que, al presionar con la mano, permite la succión. Hoy en día se siguen vendiendo este tipo de sacaleches (de plástico en lugar de vidrio) con el único fin de descongestionar la mama, puesto que la esterilización es mínima.


Estos sacaleches marcaron el punto de partida para los grandes aliados que tenemos hoy en día las madres lactantes trabajadoras, que incluso nos permiten tener las manos libres para seguir tecleando en nuestros ordenadores, mientras el sacaleches actúa agarrado al pecho. Nunca nada como tener a tu bebé “enganchado”, pero algo tenemos que hacer las que no aguantamos 8 horas sin lactar…


El carro de paseo


No siempre ha existido el carro para transportar al bebé, aunque es más antiguo de lo que pensamos. Su creación -y posterior popularidad- está relacionada con los cambios acaecidos en las ciudades a principios del siglo XIX, tiempos en los que las madres iniciaron el camino a trabajar fuera de casa. Fue en los años treinta del siglo XX cuando comenzó su fabricación en serie y cuando el acceso empezó a ser masivo, a raíz de la aparición del plástico y de la goma en la industria.


En el museo contamos con varios de estos carros, de distintas épocas y materiales. Destacamos aquí el carrito de La Carrocería Infantil S. A., fábrica de coches para niños de San Sebastián, de principios del siglo XX. Otro ejemplo lo encontramos en el Jané de los años setenta, marca muy reconocida, aún hoy en activo. También conservamos algún moisés de mimbre, de confección artesanal; no obstante, contamos con más de un ejemplar de cuna fabricada en madera que, además, exponemos en el dormitorio de la casa de campo de Puçol y en el de la casa del Hort dels Pontos.


¿Qué utilizaban, pues, antes del carro para transportar y pasear a los bebés? Algo que en los últimos tiempos cada vez más madres y padres utilizan, dado los beneficios demostrados en el/la lactante: el porteo.


El tacatá, tacataca o andador


Artilugio desaconsejado hoy en día, con el que muchos/as de nosotros/as hemos aprendido a caminar. Se trata de una estructura con ruedas en la que se introduce al bebé, quedando apoyado en la parte superior -más estrecha- hacia la altura del pecho; cuenta con un soporte inferior para las ruedas, lo suficientemente ancho para dar facilidad al bebé para poder caminar.


Siempre se ha pensado que el tacataca aceleraba el aprendizaje, pero estudios posteriores concluyeron que los/as bebés que utilizaban soportes tenían una evolución más retrasada que los/as que no lo usaban; también, porque era una fuente constante de accidentes y lesiones. Actualmente, toda la comunidad científica los desaconseja. No obstante, se continúan fabricando, eso sí, con plásticos. El que tenemos en Puçol, expuesto en la representación del dormitorio de la casa de campo tradicional, está fabricado en madera, sin más parafernalias que unas ruedas con las cuales poder moverlo. Los de hoy, de plástico, tienen muchos colores y entretenimientos para el/la pequeño/a.


Todo son elementos clásicos de la primera infancia, que marcan esos primeros años de vida tan fundamentales para la futura idiosincrasia del niño y la niña. Una etapa durante tiempo infravalorada, pero que, por suerte, ha quedado demostrado que deja huella en nuestros hijos e hijas. Biberón de fórmula o leche materna, tacatá o no tacatá, carro o porteo…, lo que está claro es que todos/as intentaban -e intentamos- hacer lo mejor para nuestros/as pequeños/as.


Autores: Marian Tristán, coordinadora del Museo Escolar y de El Setiet nº 27; y Borja Guilló, gestor cultural del Museo Escolar y encargado del diseño de El Setiet nº 27.





[1] No se sienta, por favor, el/la lector/a juzgado/a si pone en práctica estas costumbres con sus bebés. Somos padres/madres, pero no pretendemos aleccionar, tan solo ponerlas sobre la mesa por medio de los fondos del museo.



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