31-08-2026
Constituida en 1994, la Fundación de Patrimonio Industrial y Memoria Obrera de Puerto de Sagunto supone una apuesta clara por valorizar la historia reciente de este municipio valenciano.
A principios de siglo XX se constituyó la Compañía Minera de Sierra Menera, sociedad que extraía hierro de distintas explotaciones de Teruel y lo transportaba por ferrocarril hasta un embarcadero de nueva creación, en las inmediaciones de Sagunto. Este fue el origen del puerto de esta localidad, de su poblado marítimo y del gran complejo siderúrgico integral, en funcionamiento hasta 1984, cuando cerraría definitivamente sus puertas.
El que suscribe tuvo la oportunidad de recorrer estas instalaciones apenas diez años más tarde, con motivo de la celebración en el Puerto del II Congreso Valenciano de Arqueología Industrial, disciplina que irrumpía con fuerza en aquellos años, sentando las bases de una conciencia patrimonial que, por suerte, vino para quedarse. Recuerdo un destartalado paisaje lleno de solares, en los que destacaban unas viejas naves, tan ruinosas como impactantes. En el solitario muelle, los camiones entraban en el único barco atracado, que se balanceaba por el trasiego de su interior.
Recientemente, volvimos por aquí y realizamos una ruta por el lugar, paulatinamente transformado a raíz de su clausura. La visita comenzó en el alto horno número dos -construido en 1963, de más de sesenta metros de altura-, el único de los tres existentes que dejaron en pie. Tras la proyección de un audiovisual, el guía nos explicó su funcionamiento, mostrándonos la parte inferior, a la que accedimos gracias a las puertas practicadas durante su restauración, en cuyo proceso se tuvo que vaciar por completo este recinto. En medio del crisol, describió el funcionamiento de las cajas de refrigeración, de las piqueras y las bigoteras…
El Puerto de Sagunto concentra la historia de un núcleo fabril del hierro y del carbón, nacido a orillas del Mediterráneo; un espacio convertido en cultural y turístico merced a una trayectoria sostenida y coherente, encaminada a la protección del pasado industrial de esta población, que resume la de una época y un país. Haber conservado, cuando menos, una porción de la planta nos habla de un compromiso compartido -entre la sociedad, las diferentes administraciones, los/as representantes públicos…- con la memoria de todos/as y dice mucho del buen hacer de aquellos/as que lo han hecho posible. A un par de horas de casa tenemos la posibilidad de disfrutar de una excelente muestra de este tipo de patrimonio.
¿Qué podemos aprender en nuestra ciudad de lo conseguido en el Puerto de Sagunto? Es sabido que somos una urbe con una importante historia manufacturera que también ha generado un valioso conjunto de bienes industriales. Desde hace años, Elche anda a vueltas con la puesta en valor de estos, sobre todo, de aquellos vinculados al calzado, un sector -es cierto- diferente del ejemplo saguntino, que originó unos inmuebles de enormes dimensiones, muy alejados de las fabriquetas de nuestra ciudad, donde se elaboraron unos bienes de consumo -los zapatos-, actividad escasamente mecanizada en la que el trabajo a domicilio o en pequeños talleres familiares ha conformado el contexto socio-laboral hasta nuestros días. Pero esta también es industria; una industria imbricada en la ciudad y que la moldeó hasta convertirla, toda ella, en una vasta factoría en la que, al igual que en el Puerto, trabajaban miles de personas venidas de muchos puntos de la geografía española. Una población que duplicó su censo en poco tiempo y se extendió por las partidas de Altabix, Carrús o Huertos y Molinos, creando barrios y nuevos paisajes urbanos.
Y esto no fue solo obra del calzado y de su industria asociada. En Elche también se fabricaron motocicletas o materiales de construcción, entre otros productos; incluso, se elevó agua del Segura para el regadío, gracias al concurso de motores… Y hoy hacemos cohetes. Contamos con una trascendental historia técnica y fabril que, si bien ha sido divulgada en numerosas publicaciones y en alguna que otra exposición, no dispone de un espacio físico donde reposar y darse a conocer, un lugar que acoja nuestra trayectoria industrial y explique nuestro último siglo y medio de vida.
Y no se trata solo de conservar piezas y edificios -que también-, sino las voces de aquellos/as que los hicieron suyos día a día, año tras año, configurando la ciudad que actualmente habitamos. Preservar la antigua lonja de frutas y verduras, el matadero o la fachada de riegos El Progreso es, sin duda, necesario; al igual que proteger y exhibir la tecnología -transmutada en objetos- que, en manos de nuestros/as padres/madres y abuelos/as, conformaron sus quehaceres. Pero, a su vez, no hay que olvidar aquello intangible, la memoria de la industria, la palabra, que debe quedar a buen recaudo en un espacio vivo y utilizado -útil-; un espacio que acoja personas y testimonios, un lugar para la experiencia que nos cohesione e identifique, que nos convierta en mejores ciudadanos/as.
El Museo Escolar de Puçol custodia numerosos bienes muebles industriales, un rico patrimonio que se encuentra a la espera de su puesta en valor en un emplazamiento específico que esté a la altura de nuestro pasado. Parte de nuestra herencia productiva también se encuentra dispersa en museos o empresas, donde se exhibe este patrimonio, sin duda, esencial para conocer nuestra historia contemporánea.
Autor: Rafa Martínez, director del Museo Escolar de Puçol.